En Panamá, la industria láctea —una de las más antiguas del país— atraviesa una de sus peores crisis en 25 años. La producción anual ha caído de 205 millones de litros en 2015 a 179 millones en 2023, mientras el hato lechero se ha reducido drásticamente: de 231,400 a 157,500 vacas.
A esta disminución se suma el impacto de las protestas y bloqueos ocurridos en 2023, que impidieron la recolección de millones de litros, dejando pérdidas millonarias y mermando el abastecimiento.
Clima y costos en contra
El cambio climático no da tregua: sequías prolongadas, lluvias fuera de temporada y alteraciones del clima afectan la calidad y cantidad del pasto, reduciendo la producción y debilitando el ganado. A ello se suman costos elevados de insumos como fertilizantes, concentrados, medicinas y combustibles, que han dejado a muchos pequeños productores al borde de la quiebra.
Competencia desleal y mercado saturado
La llegada masiva de productos lácteos importados —con precios hasta un 30 % más bajos— gracias a tratados comerciales como el TPC con EE. UU., ha reducido la demanda de leche nacional. Esto pone en riesgo más de 15,000 empleos directos y miles de puestos adicionales en la cadena de valor.
Voces desde el campo
“Estamos en cuenta regresiva… si no consumimos nuestra propia leche, ese esfuerzo se perderá”, advierte Luis Martínez, productor que ha visto cómo sus ingresos caen mientras sus costos suben. La Asociación Nacional de Ganaderos ya ha alertado sobre pérdidas irreparables si no se implementan medidas de rescate inmediato.
Lo que está en juego
- Seguridad alimentaria: depender más de importaciones debilita la capacidad del país de producir sus propios alimentos básicos.
- Economía rural: miles de familias campesinas podrían quedarse sin su principal sustento.
- Salud pública: la leche es vital en la nutrición infantil y escolar, y su escasez afecta directamente a la población más vulnerable.
Hacia una solución integral
Expertos coinciden en la necesidad de una estrategia nacional para el sector lácteo, que incluya apoyo técnico y financiero, modernización de la producción, campañas para promover el consumo de leche panameña y regulación más estricta de importaciones.
La leche no es solo un producto en los estantes: es parte de nuestra identidad alimentaria, del trabajo rural y de la salud de millones. Su futuro está en riesgo, y con él, el de miles de familias que dependen de esta industria para vivir.














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