En Panamá, los desastres naturales como inundaciones, deslizamientos o tormentas tropicales no solo dejan daños materiales: también impactan profundamente la salud mental de las personas. Aunque el país es vulnerable a estos eventos, el acompañamiento emocional suele ser escaso y temporal. Estudios, como el publicado por The Lancet Public Health, advierten que cada nuevo desastre aumenta el riesgo de ansiedad, depresión y trastorno de estrés postraumático.
Las provincias más afectadas —Chiriquí, Bocas del Toro y Coclé— han enfrentado múltiples emergencias en los últimos años. Jóvenes entre 18 y 30 años y personas con enfermedades crónicas son quienes sufren mayores secuelas emocionales. Expertos insisten en que la atención psicológica debe extenderse por al menos dos años y llegar especialmente a las zonas rurales, donde el acceso a salud mental es más limitado.
Además del apoyo institucional, existen medidas que pueden ayudar a enfrentar el impacto emocional: hablar de lo vivido, mantener rutinas, buscar ayuda profesional, cuidar a los niños y participar en actividades comunitarias. Validar las emociones y apoyar a otros también son pasos clave para la recuperación.
Frente a la creciente amenaza del cambio climático, especialistas piden integrar la salud mental en las estrategias de prevención y respuesta ante desastres. Porque reconstruir no es solo levantar paredes, sino también sanar las heridas invisibles que dejan las catástrofes.
















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